Empatía

por CienAlasDeCera

Las decepciones nos amordazan el alma y queremos salir a gritar con desesperación para liberar todas las emociones que nos afloran a borbotones. Aparecen la frustración, la rabia, el desaliento, la tristeza y tantos otros sentimientos que nos quedamos sin conceptos para definir lo que nos pasa.

Son esos momentos en los que, generalmente, actuamos irracionalmente, presos de impulsos y casi siempre nos arrepentimos y hasta avergonzamos de lo que decimos, de lo colorado y acalorado de nuestros rostros, de lo vehementes y ridículos que nos vemos. Estamos ciegos, apáticos, desmedidos. 

Pero siempre sobrevuelan instantes de lucidez y cuando tenemos el tino de atraparlos se vuelven ideales para la inacción, para petrificarnos y tragar la saliva que nos ahoga, para secarnos el sudor de la frente y detener el tiempo hasta congelarnos.

Ese hielo de la espera nos aplaca indefectiblemente y recién allí podemos racionalizar el momento horrendo que vivimos, descubrimos razones, invisibles hasta entonces, que llevaron a actuar de tal manera a quien nos decepcionó.

Lo que creíamos imposible, sucede: en el momento de mayor tensión suponíamos que jamás entenderíamos los motivos de la traición, pero el aire fresco renueva nuestras ideas y hallamos justificativos que servirán para cubrirnos con un manto amoroso, encontramos el más puro sentido de la empatía y sentimos gratitud por el río que dejamos correr, el mismo que nos baña y lava el rencor hasta abrazar a ese amigo del alma que jamás hubiese deseado es hacernos doler.

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